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  • Jessigla
    Jessigla said 5 days Edit Delete

    hola, porfa envíenme el procedimiento para descargar los cuentos, no sé como hacerlo, gracias, mi email es: jessigla2@hotmail.com. Gracias y que Dios los bendiga.

  • guest7aded33
    guest7aded33 said 2 weeks Edit Delete

    Me gustaria que me envies el cuento de los derechos del niño a angelicapicklls@hotmail.com, ya que quiero hacer una campaña sobre los derechos de los niños y la justicia que no los ampara. Gracias, seria de mucha ayuda sime lo pudieras mandar bien lo leas, por favor. Saludos.!!! Carolina

  • guest6e5d2c
    guest6e5d2c said 5 months Edit Delete

    karina mandanos un mail a opdiqq@gmail.com
    y visita nuestro blog opdiqq.blogspot.com

  • karinasegura
    karinasegura said 5 months Edit Delete

    hola, me parecen muy buenos estos cuentos, quisiera tenerlos para trabajar con mis alumnos, peor no logro bajarlos. Si fuesesn tan amables de enviarmelos a mi correo. Gracias. Karina Segura Docente de Educación Especial

  • guestff8049
    guestff8049 said 9 months Edit Delete

    Necesito los cuentos de los derechos del niño

    si alguien los tiene

    por favor enviemelos a schasconata@hotmail.com

  • guestb390e3
    guestb390e3 said 2 years Edit Delete

    esta mut bueno el cuento los felicito a todos los que alludaron

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    Cuentos Sobre Los Derechos Del NiñO(A)

    from opdiqq, 2 years ago Add as contact

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    1. Slide 1: Un libro de cuentos sobre tus derechos
    2. Slide 2: Las siguientes personas trabajan en el Ministerio de Cultura y Educación de la Nación y ayudaron a hacer Cuento con vos: Susana B. Decibe, Ministra de Cultura y Educación Manuel G. García Solá, Secretario de Programación y Evaluación Educativa Inés Aguerrondo, Subsecretaria de Programación Educativa Cecilia Braslavsky, Directora General de Investigación y Desarrollo Educativo Juan Esteban Belderrain, Coordinador de Programas sobre los Contenidos Transversales Graciela Zaritzky, Coordinadora del Programa “Derechos del Niño y del Adolescente” Stella Maris Galarza y Estela Grimbank, junto con Graciela Zaritzky, elaboraron el material que acompaña los cuentos Gabriela Tenner coordinó la producción editorial También participaron en la realización de este libro: Sergio Kern, que hizo todas las ilustraciones Lucio Margulis, que trabajó en la etapa de preproducción El Estudio de Diseño Sattolo & Colombo, que ideó el diseño gráfico y armó todas las páginas Agradecemos muy especialmente a los escritores que donaron sus obras y a las editoriales que cedieron sus derechos por tan generosa actitud Agradecemos, además, la colaboración de la Asociación por los Derechos de la Infancia (ADI)
    3. Slide 3: nombre y respeto nacionalidad pág. 13 pág. 7 libertad de identidad elección Presentación 5 “Donde los derechos del niño Pirulo chocan con los de la rana Aurelia”, de Ema Wolf 8 pág. 17 pág. 23 “¿Quién le puso el nombre a la luna?”, de Mirta opinión educación Goldberg 14 “Los sueños del sapo”, de Javier Villafañe 18 “El hombrecito verde y su pájaro”, de Laura pág. 27 pág. 33 Devetach 24 familia y asociación “Los Reyes no se equivocan”, de Graciela Beatriz afecto Cabal 28 “Mirar y ver”, de Sergio Kern 34 pág. 45 pág. 51 “Sofía”, de Ruth Kaufman 46 autonomía y amor y “Un monte para vivir”, de Gustavo Roldán 52 protección comprensión “Cuando sea grande”, de Elsa Bornemann 62 “La abuela electrónica”, de Silvia Schujer 68 pág. 61 pág. 67 “Sobre ruedas”, de Esteban Valentino 76 cuidados juego, diversión especiales y esparcimiento “El extraño caso del amigo invisible”, de Adela Basch 82 “Alguien diferente”, de Luis Salinas 92 pág. 75 pág. 81 “Historia de una Princesa, su papá y el Príncipe crecer en igualdad Kinoto Fukasuka”, de María Elena Walsh 98 libertad Epílogo 105 pág. 91 pág. 97
    4. Slide 4: Acerca de los autores 107 Convención Internacional sobre los Derechos de la Infancia, adaptación de F. Tonucci 115
    5. Slide 5: ¡Hola! Esta página es para darte la bienvenida. Y para decirte que el libro que vas a leer relata historias verdaderas. No porque hayan sucedido auténticamente, sino porque desde la fantasía nos hablan de la vida cotidiana. Son catorce cuentos de personajes que nunca existieron pero a los que les pasan cosas reales: sufren cuando se sienten rechazados, disfrutan de los juegos y el amor, buscan protección y respeto. Como vos. Como todos los chicos. Pero a diferencia de vos, casi todos esos personajes ignoran algo importantísimo: que sus necesidades deben ser consideradas, porque tienen derecho a crecer dignamente. Quizás ya lo sabías, aunque por las dudas te lo contamos: en nuestro país hay una ley para cuidar a todos los chicos. Se llama Convención sobre los Derechos de la Infancia. Antes de cada cuento, vas a encontrar una página en la que se mencionan algunos artículos de esa ley, que a los protagonistas les hubiera gustado mucho conocer. Por eso, porque es necesario que conozcas tus derechos, ahora los Derechos de los chicos y las chicas se enseñan en la escuela. El colegio no sólo te educa para resolver problemas matemáticos; ante todo te enseña a resolver tus problemas. ¿Cómo? Ayudando a que aprendas a participar y a opinar, a ser solidario, a tomar decisiones responsables y a elegir, como todos los demás ciudadanos. Y como vivimos en democracia, ¡para esto no necesitás tener 18 años! 5
    6. Slide 6: Pero también es cierto que a participar se aprende de a poquito. En casa, charlando, y en la escuela a través de lo que tus maestros llaman la “Formación Ética y Ciudadana”. Todo esto pasa desde hace poco tiempo, porque... ¿sabés? Cuando nosotros teníamos tu edad, ¡casi no se hablaba de los Derechos del Niño! Ni en el noticiero, ni en el hogar, ni en el colegio... pero, ya que hablamos de nosotros, podríamos también presentarnos, ¿verdad? Somos un grupo de personas que trabajamos en el Ministerio de Educación de la Nación, en un programa creado para que todos conozcan y respeten tus derechos. Se llama: Programa Derechos del Niño y del Adolescente. Estamos convencidos de que leer y pensar son actos que van de la mano. Por eso este libro está en tu aula, para que te acompañe y te ayude a crecer, conociendo y valorando no sólo tus derechos sino los de todas las personas, chicos y grandes, para vivir en un mundo que respete a todos por igual. Para lograrlo... Cuento con vos. 6
    7. Slide 7: igualdad La Convención Internacional sobre los Derechos de la Infancia protege a los bebés con los mismos derechos que a vos y que a todos los chicos y las chicas menores de 18 años. Así lo dice en el artículo 1. Aunque los varones y las mujeres sean diferentes, aunque algunos amigos y amigas tengan un color de piel distinto, y aunque opinemos cosas diferentes de los demás, ante la ley somos todos iguales y tenemos los mismos derechos; lo reconoce la Convención en su artículo 2. 91
    8. Slide 8: Alguien diferente Luis Salinas 92
    9. Slide 9: L os bebés no me gustan. Es decir: muy bebés está bien porque no molestan; duermen todo el tiempo, menos los ratitos que lloran, cuando les dan la mamadera y cuando los cambian. Abren los ojos, abren la boca, lo que no quiere decir nada, y los grandes chillan, aplauden y se ríen. Después dicen que el bebé hizo tal o cual cosa. “Me miró, me sonrió”, dicen; pero el bebé no quiso hacer nada. La boca se le abrió sola. Los bebés no piensan, porque no tienen cerebro. Yo sé que tengo cerebro porque siento el ruido de los pensamientos y de los recuerdos, ahí dentro. Lala no tiene cerebro. Tiene los aritos en las orejas, para que se sepa que es una nena, porque es redonda y pelada y se hace caca encima, como cualquier bebé varón. Mi papá y mi mamá se pelearon para ponerle los aritos. O sea: mi papá para ponérselos y mi mamá para que no se los pusieran. Ganó mi papá. Mi mamá decía que era una crueldad perforarle las orejas, y mi papá que no dolía nada, y mi mamá que él cómo lo sabía. Pero mi mamá usa aritos, así que papá se salió con la suya. Ahora la alza, y dice: “¡Mi minón! ¡Vas a enloquecer a los hombres!” Está loco: si no le hubieran puesto aritos, nadie se daría cuenta nunca. 93
    10. Slide 10: Lala está más grande y hace ruido, pero no son palabras. Hace así: ¡¡Pfffss!! ¡¡Prrrr!! También hace unos ruiditos con la “L”; lale, lalelí, una cosa más o menos... por eso le decimos “Lala”, pero se llama Silvana, que nada que ver. También sonríe y se ríe, se nota que más a propósito, pero conmigo no. Sigue sin parecer una nena. A lo que más se parece es a Curly, el gordo de “Los tres chiflados”. Cuando consigue atraparse un pie se pone bizca y seria, como Curly, se lo mira un rato y después hace fuerza para meterse el dedo gordo en la boca. Mamá dice que está enamorada de sus propias patitas. No tiene cerebro. Cumple todos los meses. Todos los días 12. Hace rato que pregunto cuándo es mi cumpleaños y me dicen que falta un montón. Yo tengo un día, el 29, y un mes, junio, o sea que Lala cumple un montón de veces por cada cumpleaños mío. Todavía duerme un toco, y si entro en mi pieza mientras duerme me retan. Claro que mientras estoy dentro no me pueden gritar, o me gritan en silencio. Mamá abre la boca y hace caras de grito, pero sin voz. Quiere decir “Pablo, salí de acá que te voy a matar!”, hago como que no entiendo y le pregunto en voz alta: –¿Qué? Entonces mi mamá enrojece, cierra la boca y me echa con el brazo, como los referís. 94
    11. Slide 11: Mi pieza ya no parece mi pieza. Hay un rincón repleto de horribles cosas color cremita y rosa y en el medio de todo eso está Lala. Ahora mismo estoy entrando en mi pieza (mamá lava ropa en el lavadero) y veo otra vez, sobre mi espada de Guerrero de las Estrellas, un lacito rosa con un corazón rojo que tiene puntillas blancas. Mamá se lo sacó a un conejo que le regalaron a Lala, porque se metía el corazón entero en la boca y deshilachaba el nailon. El problema es que después no sabe dónde ponerlo –porque desde que nació ésta, mi pieza está repleta de cachivaches– y termina por dejarlo siempre en el mango de mi espada. El día de mi cumpleaños sacaron a Lala de la pieza, pero el corazón estaba ahí y cuando dije de jugar a los Guerreros de las Estrellas, David lo vio y dijo: –Mejor jugamos a la nenita de las estrellas. David es un compañero de segundo. Me dijo que ni Lala ni las demás mujeres tienen nada ahí donde nosotros tenemos el pito. Lo dijo una vez que estábamos en el patio con Luciana. No entendí por qué, pero se pelearon. –¡Sí que tenemos, estúpido! –contestó Luciana. Después que se fue David, Luciana lloró un poquito y como a mí no me gusta verla llorar, le dije que no se preocupara, que seguramente cualquiera se puede poner uno en el hospital. Entonces, Luciana se peleó conmigo, que la había tratado bien. Así son las mujeres. 95
    12. Slide 12: Ahora entro muy despacio en la pieza, a buscar mis juguetes. Hoy no tengo ganas de que me griten por despertar a la bebé. Pero Lala está despierta, ¡una vez que me estaba saliendo bien caminar como los policías de las películas cuando van a capturar a alguien! Está desnuda y juega con sus patitas. Hace el ruidito que conté: ¡¡Pfffff!! ¡¡Pprrr!! ¡¡Pplll!! No es cierto que no tengan nada. Lala tiene una cosa. No es un pito como el mío. Es otra cosa. Quién sabe, capaz que todas ellas son así. –Pppa-lo... –¿Qué? –digo sin pensar. Después la miro. Sigue agarrándose los pies con las manitos, desnuda y boca arriba. ¿Habló? Ahora no dice nada pero sonríe, me sonríe a mí. Debe ser porque no hay nadie más cerca. –Pppa-lo... No puedo creerlo. Habla, o sea que algo piensa. –Palo –dice Lala. Ese soy yo. Grito: –¡Mami! Mi hermana habló. ¡Y adiviná lo que dijo! 96
    13. Slide 13: cuidados especiales Tenemos que asegurar que los chicos y las chicas discapacitados tengan la posibilidad de crecer en un lugar que los ayude a ser independientes. Para eso necesitan cuidados especiales que compensen sus dificultades. Así lo afirma el artículo 23 de la Convención Internacional sobre los Derechos de la Infancia. El mismo artículo dice que las escuelas deben adaptarse a las necesidades de los niños y las niñas discapacitados. Por ejemplo, deben instalar rampas para aquellos que tienen dificultades para movilizarse, de modo que todos en la escuela puedan llegar a los mismos lugares. 75
    14. Slide 14: Sobre ruedas Esteban Valentino “Sobre ruedas”, del libro Sobre ruedas, de Esteban Valentino. ©1993, Editorial Sudamericana S.A. 76
    15. Slide 15: H ay veces que pasan cosas raras. Pero vienen solas y no llaman mucho la atención. Pasan y listo. Sanseacabó. Chau pinela. Pero también hay veces que pasan muchas cosas raras juntas. Entonces se hace más difícil mirar para otro lado y hacerse el que no se sabe nada. Ese amanecer, por ejemplo, no prometía demasiado. El sol salió por el este y empezó a repartir su calorcito por todo el pueblo. La gente se levantaba de la cama, se lavaba la cara, desayunaba café con leche con tostadas y salía. Luis al menos hacía así. Pero esa mañana tomó la leche con más calma que de costumbre, porque tenía tiempo de sobra. Se puso el guardapolvo, le dio un beso a la mamá y se fue. Esperó, como todos los días que iba a la escuela, el colectivo en la esquina de su casa. Pero algo debió de haber pasado, porque no había caso: no venía y no venía. Y encima ya se le hacía tarde. Entonces pasó la primera cosa rara de esos días. De la casa de enfrente salió Carlitos en su silla de ruedas. Carlitos es lisiado, así que no era eso lo extraño. No. Lo curioso era que esa silla venía con un motorcito que la hacía andar como si fuera una motoneta. Y encima Carlitos le 77
    16. Slide 16: había puesto un cartel que decía: “Colectivo línea 0: esta unidad dispone de un lugar para personas no discapacitadas.” Paró al lado de Luis. –Voy a la escuela, ¿venís? El boleto es gratis. Luis se subió a la parte de atrás de la silla y ese día felizmente no llegó tarde. Lo bueno fue que los demás días tampoco llegó tarde, porque la línea 0 los llevaba siempre a los dos a la escuela y los traía de vuelta a casa. Todo andaba bárbaro. Hasta que pasó la segunda cosa rara de esos días. Fue un viernes. Luis esperó y esperó, pero nada: Carlitos no aparecía. Al fin se cansó y lo fue a buscar. Lo encontró en la cama, y con cara de enojado. –¿Y, viejo? –preguntó. –Andá, salí –dijo Carlitos–. Se me rompió la silla y hubo que mandarla al taller. Tiene para varios días. Chau línea 0 por un tiempo. “Chau tres pepinos”, pensó Luis mientras se iba. “Si se acaba la línea 0 hay que crear otra línea.” Y entonces pasó la tercera cosa rara de esos días. Luis fue corriendo a hablar con el otro compinche, el gordo Barreiro, y ese fin de semana se encerraron en el taller del fondo a darle con todo al serrucho, a los clavos y al martillo. Cuando la mamá y el papá de Luis preguntaban qué estaban fabricando, 78
    17. Slide 17: el gordo ponía su mejor cara de misterio y decía: –Menos adivina Dios y pregunta. Y se metían de vuelta en el taller a seguir con las herramientas y los ruidos raros. Al rato aparecía de vuelta el gordo. –Señora, este trabajo está a punto de matarnos. Digo yo, ¿no tendría un par de panes con manteca y azúcar o algo parecido? En fin, el caso es que el domingo a la noche sacaron al patio uno de esos cargadores que usaban los reyes de antes para que los llevaran, con dos palos largos en cada punta y una casita sin techo en el medio. Y además le pusieron un cartel que decía: “Colectivo línea 1000: esta unidad dispone de un lugar. Es para Carlitos.” El lunes se aparecieron bien temprano con el 79
    18. Slide 18: colectivo número 1000, cargaron a su amigo y se lo llevaron entre los dos a la escuela. Poco después, Carlitos volvió a tener el suyo, pero hubo que cambiar el cartel, que ahora decía: “Colectivo línea 0: esta unidad dispone de dos lugares para personas no discapacitadas”, porque también el gordo viajaba en esa línea. Claro, los tres pasajeros de ahora pesan más que los dos pasajeros de antes y entonces el único colectivo de la línea 0 se rompe más seguido y tiene que ir al taller. Pero no hay problema. El único colectivo de la línea 1000 está guardado en el fondo de la casa de Luis, esperando. Y siempre que lo necesitan entra en servicio. 80
    19. Slide 19: amor y comprensión Para que crezcas sano y contento necesitás vivir rodeado de amor y comprensión. Esto también se reconoce en el preámbulo de la Convención Internacional sobre los Derechos de la Infancia. 67
    20. Slide 20: La abuela electr—nica Silvia Schujer “La abuela electrónica”, del libro La abuela electrónica y algunos cuentos de su disquete, de Silvia Schujer. ©1993, Editorial Sudamericana S.A. 68
    21. Slide 21: M i abuela funciona a pilas. O con electricidad, depende. Depende de la energía que necesite para lo que haya que hacer. Si la tarea es cuidarme cuando mis padres salen de noche, la dejan enchufada. La sientan sobre la mecedora que está al lado de mi cama y le empalman un cable que llega hasta el teléfono por cualquier emergencia. Si en cambio va a prepararme una torta o hacerme la leche cuando vuelvo del colegio, le colocamos las pilas para que se mueva con toda libertad. Mi abuela es igual a las otras. En serio. Sólo que está hecha con alta tecnología. Sin ir más lejos, tiene doble casetera y eso es bárbaro porque se le pueden pedir dos cosas al mismo tiempo. Y ella responde. Mi abuela es mía. Me la trajeron a casa apenas salió a la venta. Mis padres la pagaron con tarjeta de crédito a la mañana, y a la tarde ya estaba con nosotros. Es que mi familia es muy moderna. Modernísima. A tal punto mi mamá y mi papá están preocupados por andar a la moda que no guardan ni el más mínimo recuerdo. De un día para otro tiran lo que pasó a la basura. 69
    22. Slide 22: A lo mejor es por eso, ahora que lo pienso, que tengo tan mala memoria y no puedo acordarme entera ni siquiera la tabla del dos. Desde que la abuela está en casa, sin embargo, las cosas en la escuela no me van tan mal. Para empezar, ella tiene un dispositivo automático que todas las tardes se pone en marcha a la hora de hacer los deberes. Es así: se le prende una luz y se acciona una palanca. Abandona automáticamente lo que está haciendo y sus radares apuntan hacia donde estoy. Entonces me levanta por la cintura y me sienta junto a ella frente al escritorio. Ahí empezamos a resolver las cuentas y los problemas de regla de tres. O a calcar un mapa con tinta china negra. Aunque nadie se lo pida, mi abuela lleva un registro exacto de mis útiles escolares. Por otro lado, le aprieto un botón de la espalda y el agujero de su nariz se convierte en sacapuntas. Le muevo un poco la oreja y las yemas de los dedos se vuelven gomas de tinta y lápiz. Tener una abuela como la mía me encanta. Sobre todo cuando está enchufada, porque así puede gastar toda la energía que se le dé la gana y no cuesta demasiado mantenerla, como dice mi papá, que además de moderno es un tacaño y sufre como un perro cada vez que a mi abuela hay que cambiarle las pilas. 70
    23. Slide 23: Casi todas las noches yo la enchufo un rato antes de irme a dormir. Así me cuenta un cuento. O lo hace aparecer en su pantalla para que yo lea mientras ella me acaricia la cabeza. Sabe millones. Basta colocarle el disquete correspondiente (porque también viene con disquetera) y en cuestión de segundos empieza con alguna historia. Como es completamente automática, se apaga sola cuando me duermo. Cuando mi abuela me cuenta un cuento o me canta algunas canciones, yo me olvido de que es electrónica. Más que nunca parece una persona común y silvestre. Y es que además tiene una tecla de memoria que le permite escucharme. Yo puedo contarle cosas y, oprimiendo esa tecla, ella archiva toda la información: al final sabe de mí más que ninguno. Me gusta tener a mi abuela. Aunque salir a pasear con ella me traiga algunos inconvenientes: los que no son tan modernos como mi familia nos miran mucho en la calle. Y se ríen. O quieren tocarla para ver de qué material es. Ven algo raro en sus movimientos... o en su cara, no sé. Creo que las luces que tiene en los ojos no son cosa fácil de disimular. A mí me encanta tener esta abuela. 71
    24. Slide 24: Hace unos días, sin embargo, mi mamá dijo que quería cambiarla por un modelo más nuevo. Dice que salieron unas más chicas, menos aparatosas, con más funciones y a control remoto. La idea no me gusta para nada. Porque, aunque es cierto que estoy bastante acostumbrado a los cambios, con esta abuela me siento muy bien. Las habrá mejor equipadas, ya sé. Pero yo quiero a la abuela que tengo. Y es que, aparte, cada vez me convenzo más de que ella también está acostumbrada a mí. A decir verdad, desde que en casa están pensando en cambiar a la abuela, yo estoy tramando un plan para retenerla. Sí. De a poquito la estoy entrenando para que pueda vivir por sus propios medios. Para que no deje que la compren y la vendan como si fuera una cosa, un mueble usado. Los otros días le desconecté la luz de los ojos y ahora le estoy enseñando a ver. Vamos bien. También le estoy enseñando a ser cariñosa sin el disquete. Ésa es la parte que me resulta más fácil; a lo mejor porque me quiere, aunque ella todavía no lo sepa. Pienso seguir trabajando. 72
    25. Slide 25: Mi objetivo es que aprenda a llorar. A llorar como loca. Y lo más pronto posible, así el día que se la quieran llevar como parte de pago para traer una nueva, el escándalo lo armamos juntos. 73
    26. Slide 27: autonomía y protección El Derecho de los niños y las niñas al que hace referencia el cuento “Cuando sea grande” no está escrito en la Convención. Creemos que es importante aclararte que en la Convención se redactaron sólo algunos derechos, los que se consideraron más urgentes, como por ejemplo, que cuiden de tu salud, que garanticen tu alimentación, que te brinden una educación adecuada, que no te maltraten, etcétera. Pero hay muchos otros temas que también son importantes y no aparecen escritos en la Convención, como por ejemplo, el derecho a que la ciudad o el pueblo en donde vivís esté pensado para que todos los chicos y las chicas puedan moverse libremente, lo que los ayudará a crecer más libres. De eso se habla en este cuento. 61
    27. Slide 28: Cuando sea grande Elsa Bornemann “Cuando sea grande”, del libro El niño envuelto, de Elsa Bornemann. © Ediciones Orión 62
    28. Slide 29: À “ Qué vas a ser cuando seas grande?”, me pregunta todo el mundo. Y aparte de contestarles: “Astrónomo” (o “colectivero del espacio”…, porque nunca se sabe…), tengo ganas de agregar otra verdad: “Cuando sea grande voy a tratar de no olvidarme de que una vez fui chico.” Recuerdo que –cuando aún concurría al jardín de infantes– mi tía Ona me contó un cuento de gigantes. Después me mostró una lámina en la que aparecían tres y me dijo: –Los gigantes sólo existen en los libros de cuentos. –¡No es cierto! –grité– ¡El mundo está lleno de gigantes! ¡Para los nenes como yo, todas las personas mayores son gigantes! A mi papá le llego hasta las rodillas. Tiene que alzarme a upa para que yo pueda ver el color de sus ojos… Mi mamá se agacha para que yo le dé un beso en la mejilla… En un zapato de mi abuelo me caben los dos pies… ¡Y todavía sobra lugar para los pies de mi hermanita! Además, yo vivo en una casa hecha para gigantes: si me paro junto a la mesa de la sala, la tabla me tapa la nariz… 63
    29. Slide 30: Para sentarme en una silla de la cocina debo treparme como un mono, y una vez sentado, necesito dos almohadones debajo de la cola para comer cómodamente. No puedo encender la luz en ningún cuarto, porque no alcanzo los interruptores. Ni siquiera puedo tocar el timbre de entrada. Y por más que me ponga de puntillas, ¡no veo mi cara en el espejo del baño! Por eso, ¡cómo me gusta cuando mi papi me lleva montado sobre sus hombros! ¡Hasta puedo arrancar ramitas de los árboles con sólo estirar el brazo! Por eso, ¡cómo me gustaba ir al jardín de infantes! Allí hay mesas, sillas, armarios, construidos especialmente para los nenes. Las mesas son “mesitas”; las sillas son “sillitas”; los armarios son “armaritos”… ¡Hasta los cubiertos son pequeños y mis manos pueden manejarlos fácilmente! También hay una casita edificada de acuerdo con nuestro tamaño. Si me subo a un banco, ¡puedo tocar el techo! Sí. Ya sé que también yo voy a ser un gigante: cuando crezca. ¡Pero falta tanto tiempo! 64
    30. Slide 31: Entre tanto, quiero que las personas mayores se den cuenta de que hoy soy chico, chiquito, chiquitito. ¡Chico, chiquito, chiquitito, en un mundo tan grande! De gigantes. Hecho por gigantes. Y para gigantes. 65
    31. Slide 33: asociación Tenés derecho a hacer reuniones pacíficas con quien quieras. Es decir que podés reunirte con otras personas para, por ejemplo, entre todos organizarse en defensa de sus intereses. Lo reconoce el artículo 15 de la Convención Internacional sobre los Derechos de la Infancia. Quizá pienses que eso nadie te lo puede impedir. Sin embargo, durante la dictadura que duró desde 1976 hasta 1983, quienes ocuparon ilegalmente el gobierno prohibieron, entre muchas otras cosas, que las personas ejercieran su derecho de reunirse, ya sea para defender sus intereses o para cualquier otra cuestión pacífica. En esa época pasaba algo terrible en nuestro país: ¡no se respetaban los Derechos Humanos! 51
    32. Slide 34: Un monte para vivir Gustavo Roldán “Un monte para vivir”, del libro Cada cual se divierte como puede, de Gustavo Roldán. © Ediciones Colihue 52
    33. Slide 35: E l río de aguas marrones corría bordeado por la sombra de los árboles. Pequeños remolinos jugaban con las hojas que caían bailoteando en el aire. Y un rumor de abejas flotaba en la tarde. En fin, era una buena tarde de verano. Pero el coatí estaba triste. El mono estaba triste. La pulga estaba triste. El quirquincho estaba triste. En realidad, todos estaban tristes. Nadie cantaba, ni jugaba, ni corría, nadie hacía ningún ruido, porque hacía un tiempo que el tigre andaba al acecho. Y cuando no hay ruidos, el monte se vuelve triste. Y un monte triste es un mal lugar para vivir. –Claro –dijo la paloma–, si no puedo decir currucucú, mis plumas pierden el brillo. –Y yo –dijo el monito–, cuando no puedo saltar de rama en rama, ando arrastrando la cola. –Si no puedo correr –dijo el coatí–, se me caen las lágrimas, y cuando se me caen las lágrimas me dan ganas de llorar. –Lo peor –dijo la pulga– es que ya no tengo ni ganas de picar. –¡Bah! –dijo la vizcacha–, todo es cuestión de acostumbrarse. Esto tiene muchas ventajas. –Yo no le encuentro ninguna –gritó la pulga medio enojada. 53
    34. Slide 36: –Pero tiene muchas. Todo está muy ordenado. Y eso de que los monos no puedan andar saltando de rama en rama me parece muy bien. ¿Acaso vieron alguna vizcacha que ande haciendo eso? –¡Pero yo no puedo decir currucucú! –dijo la paloma. –Sí, sí –dijo la vizcacha–. Pero, ¿qué tiene de lindo? Yo no digo nunca currucucú y así estoy muy pero muy bien. –Pero doña vizcacha –dijo el tordo–, todos decían que mi canto era muy lindo y ahora no puedo cantar. –Son los excesos, m’hijo, los excesos. Usted silbaba todo el día. Míreme a mí, yo nunca silbo, y tan contenta. El picaflor, que ahora tenía que estar quietito en una rama, protestó: –Los picaflores siempre estamos volando. Comemos volando, tomamos agua volando, y vamos como una flecha de un lado para el otro. –Eso es lo que yo digo. ¿Alguien vio que una vizcacha haga una cosa así? ¿Qué es eso de quedarse parado en el aire? A mí nunca se me ocurriría hacerlo. Y me parece muy bien que el tigre haya prohibido todas esas cosas. 54
    35. Slide 37: –Los que tenemos patas largas necesitamos correr –dijo el piojo parado en la cabeza del ñandú. –Bueno, bueno –dijo la vizcacha–, pero el tigre prohibió todo y listo. Es la nueva ley y hay que respetarla. –Pero la mano viene un poco más dura –dijo el tatú–. Y por algunas cosas que hice, el tigre me anda buscando con malas intenciones. Mejor me voy a vivir al otro lado del río. –Y yo también me voy –dijo el loro–. Parece que estoy entre los primeros de la lista, y me voy al otro lado del río. –A mí me tiene marcado el murciélago orejudo –dijo el hornero–. También es mejor que me vaya. –Y yo también y yo también –dijeron la calandria y la iguana, y mil animales más. Y se fueron a buscar un lugar para vivir. Se fueron, pero no se fueron contentos. –Yo me quedo aquí –dijo la pulga–, y que me encuentren si son brujos. –Yo también –dijo el tordo–. Yo no sé cantar en otro lado, y ya veré cómo me las arreglo. –Y yo –dijo el monito–, yo me cuidaré muy bien de lo que hago. O por lo menos delante de quién lo hago. –Y yo y yo y yo –dijeron el coatí y el sapo y la paloma y la cotorrita verde y mil animales más. Se quedaron, pero no se quedaron contentos. 55
    36. Slide 38: Y así pasaron los años. Muchos. A veces había noticias de los unos para los otros. A veces algún encuentro los llenaba de alegría y de tristeza. A veces comenzaban a olvidarse. Pero otras veces, no. En el fondo, todos estaban un poco tristes. Las aguas marrones del río seguían jugueteando con las hojas, cada vez con menos entusiasmo. El piojo, parado en la cabeza del ñandú, miraba el río y pensaba. Después de un rato dijo: –Los que tenemos patas largas ya no aguantamos más. –Sí, pero ¿qué podemos hacer? –preguntó la paloma. –Yo digo ¡punto y coma, el que no se escondió se embroma! –bramó la pulga con bramido de pulga. –Y yo y yo y yo –dijeron el quirquincho y el tordo y el coatí y la cotorrita verde y mil animales más. –Sí, pero ¿qué podemos hacer? –repitió la paloma. –Bueno, bueno –dijo el sapo–. No es que este sapo quiera saber más que nadie, pero ya tenemos la solución. –¿Cuál es? ¿Cuál es? –Ésa que dijo la pulga y que repitieron todos: ¡punto y coma, el que no se escondió se embroma! ¿Qué les parece si bss bss bss? –y contó en secreto sus planes. El picaflor voló más rápido que nunca para contarles a los que se habían ido. 56
    37. Slide 39: El tordo voló para el otro lado. Y la paloma para el otro. Y la cotorrita verde para el otro. Y el quirquincho. Bueno, el quirquincho no voló, pero se fue al trotecito de quirquincho también para algún lado. El tigre, el zorro, la vizcacha, el carancho, la yarará y el murciélago orejudo vieron de lejos la polvareda que se acercaba. –¿Qué es eso? –rugió el tigre–. ¡Aquí estoy con mis amigos y no me gusta toda esa tierra! –¡Y qué ruido, don tigre! ¡Eso le debe gustar menos! –dijo la vizcacha, zalamera. –¡Voy corriendo a ordenar silencio! –se ofreció el zorro. Y se fue al trote para poner un poco de orden. Pero al ratito estaba de vuelta con la cola entre las patas. –Mire, don tigre, me parece que la cosa se complica... –Bah –dijo el tapir–, dejen todo en mis manos. Y se fue a ver qué pasaba. Al rato volvió con la cabeza gacha. Y la polvareda seguía acercándose cada vez más. –No y no –dijo la yarará moviendo la cabeza para todos lados–, dejen todo en mis manos... digo, dejen todo a mi cargo. 57
    38. Slide 40: Y se fue arrastrando su veneno hacia la polvareda. Pasó un rato. Pasó otro rato. Cuando al tercer rato la yarará no volvía, el tigre empezó a ponerse nervioso. En eso la vio llegar. Venía chata y arrastrándose con esfuerzo. –Don tigre, don tigre –dijo sacando esa lengua que ya no asustaba a nadie–, vienen todos juntos, los que se fueron y los que se quedaron. –¿Todos juntos, los que se fueron y los que se quedaron? –Sí, don tigre, y vienen gritando: ¡Punto y coma, el que no se escondió se embroma! –¿Y vienen muchos? –Muchos no, don tigre, ¡vienen todos! –¿Y gritan fuerte? –A grito pelado, don tigre. –¿Y con los ojos brillantes? –Muy brillantes, don tigre. –¡Pero yo soy el tigre! –Sí, sí, eso lo saben... –Ah, me conocen bien... –Sí, lo conocen bien, y por eso vienen gritando: ¡Adónde está ese tigre! –Entonces conviene que el murciélago orejudo vaya a ver –dijo el tigre mirando para todos lados. 58
    39. Slide 41: Pero el murciélago orejudo hacía rato que se había borrado y no quedaban ni rastros de él. –Don tigre –dijo la vizcacha temblando–, me parece que ya llegan. Ruja don tigre, así se asustan. El tigre respiró hondo, abrió muy grande la boca y largó su rugido más fuerte. Pero apenas se oyó un grr de gatito con hambre. Entonces dijo: –¿Y si nos vamos? Dicen que corrieron y corrieron, mientras la gran polvareda los seguía de cerca. Dicen que se fueron hasta donde el sol se pone. Hasta donde nacen los ríos. Hasta donde se acaba el viento. Dicen que se fueron con un miedo como para siempre. El monte volvió a llenarse de ruidos, de silbidos de tordo, de monos saltando de rama en rama, de palomas que decían currucucú. –Juguemos una carrera –le dijo el piojo al picaflor–. Los que tenemos patas largas queremos correr siempre. 59
    40. Slide 42: Y corrieron. Y llegaron juntos hasta el río de aguas marrones que ahora jugueteaba con las hojas haciendo mil remolinos. –Uf –dijo el piojo parado en la cabeza del ñandú–, cuesta trabajo, pero qué lindo es tener un monte para vivir. 60
    41. Slide 43: familia y afecto Si vos no vivís con tu papá o tu mamá, igual tenés derecho a mantener una relación personal con él o con ella, salvo que esta relación pueda hacerte daño. Lo reconoce la Convención Internacional sobre los Derechos de la Infancia en el artículo 9. Tenés libertad para expresar tus sentimientos y pensamientos de la manera que más te guste: hablando, escribiendo, dibujando, cantando... Y los demás deben respetarlos. Pero eso no quiere decir que puedas lastimar a otro porque ejercés tu libertad de expresión. Esto está escrito en el artículo 13 de la Convención. 45
    42. Slide 44: Sof’a Ruth Kaufman 46
    43. Slide 45: L os sábados eran días especiales en casa de Sofía. La mamá cocinaba galletitas de coco, de chocolate y de miel. Un olor riquísimo inundaba la casa y Sofía se moría de ganas de comerse el aire. Pero cuando sacaban las galletitas del horno, apenas si probaban una o dos y enseguida las guardaban en una lata azul y roja para el día siguiente. La mamá planchaba la ropa que se pondrían al otro día, y si le quedaba tiempo iba a la peluquería. Sofía, en cambio, se pasaba la tarde entera dibujando. A la nochecita acomodaba todos los dibujos sobre el piso de la cocina y elegía uno, sólo uno, para el día siguiente. El domingo se levantaban temprano, tan temprano que en invierno todavía era de noche. Sofía se vestía en un santiamén; su mamá, en cambio, estaba horas arreglándose el vestido, peinándose, ensayando sonrisas con los labios pintados. Primero tomaban un ómnibus, después un tren, luego otro ómnibus y al final caminaban. Por la calle se cruzaban con otras mujeres con niños que iban, como ellas, de visita a la cárcel. 47
    44. Slide 46: Ese domingo las revisó, como siempre, una mujer policía. Les hizo sacarse la ropa, dio vuelta la cartera de la mamá, abrió la lata, metió los dedos entre las galletitas. También agarró el dibujo de Sofía. Se quedó unos segundos mirándolo, luego sacó un bolígrafo y tachó, uno por uno, todos los pajaritos que volaban en el papel. –Está prohibido dibujar palomas –dijo y le devolvió a Sofía un papel lleno de cruces negras. Ellas atravesaron el pasillo de la cárcel y entraron en la pieza donde las esperaba el papá. Se llenaron de besos, charlaron, comieron las galletitas de coco, de chocolate y de miel. Por primera vez, Sofía no llevaba ningún dibujo de regalo. Al sábado siguiente Sofía volvió a dibujar toda la tarde. Esta vez rompió muchos papeles hasta terminar el que le llevaría a su papá. En la cárcel las revisó la misma mujer policía. Les hizo sacarse la ropa, husmeó las galletitas, dio vuelta la cartera de la mamá. Tomó el dibujo de Sofía y durante un rato largo, demasiado largo, se quedó mirándolo. –Pueden pasar –dijo al fin. Y les devolvió el dibujo. 48
    45. Slide 47: Antes de las galletitas, antes de contar nada, Sofía se abalanzó sobre el papá y le regaló el dibujo. El papá se demoró un rato mirando la casa, los árboles, el cielo con el sol amarillo y las nubes. –¿Qué son esos redondelitos de colores? –le preguntó a Sofía señalando las copas de los árboles. Sonriendo Sofía contestó: –Son los ojos de los pajaritos que están escondidos. 49
    46. Slide 49: opinión Tus opiniones son muy importantes. Tenés el derecho de expresarlas libremente, y las personas adultas deben tomarlas en cuenta. Así se reconoce en el artículo 12 de la Convención Internacional sobre los Derechos de la Infancia. 27
    47. Slide 50: Los Reyes no se equivocan Graciela Beatriz Cabal “Los Reyes no se equivocan”, del libro Batata (Historias para nenes y perritos), de Graciela Beatriz Cabal. © 1998, Editorial Sudamericana S. A. 28
    48. Slide 51: J ulieta terminó de lustrar los zapatos de ir a la escuela. Cierto que ella hubiera preferido poner las zapatillas rosas con estrellitas, las que le había regalado su madrina para el cumpleaños número seis. Pero la mamá dijo que esas zapatillas eran una pura hilacha y que qué iban a pensar los Reyes Magos. –Ya que estamos, Julieta –aprovechó la mamá–, dámelas que te las tiro de una vez por todas a la basura. Porque a la mamá de Julieta no le gustaban las cosas gastadas o con agujeros. Tampoco le gustaban las cosas sucias o desprolijas. Y siempre tenía la casa limpia, reluciente y olorosa a pino. Debía de ser por eso que la mamá de Julieta no podía ni oír hablar de perros. –Perros en esta casa, jamás –decía–. Los perros ensucian, rompen todo y traen pestes. Así que en la casa de Julieta no había perros, había tortuga. Y no es que Julieta no le tuviera cariño a la Pancha. Pero la Pancha era medio aburrida, y se la pasaba durmiendo en su caja. Lo que Julieta quería –y lo quería con toda el alma– era un perro. Un perro que le lamiera la mano y la esperara cuando ella volvía de la escuela. Un perro que le saltara encima para robarle las galletitas. Por eso Julieta le había pedido un perro a los Reyes. Y los Reyes se lo iban a traer, porque siempre le habían traído lo que ella les pedía. 29
    49. Slide 52: ¿Y su mamá? ¿Qué diría su mamá del perro?, se preguntó Julieta y el corazón le hizo tiquitiqui toc toc. Pero enseguida pensó que su mamá no iba a tener más remedio que aguantarse, porque uno no puede andar despreciando los regalos de los Reyes. –¡Julieta! –dijo la mamá– Sacá la basura a la calle y vení a comer... A Julieta no le gustaba nada sacar la basura, pero hoy tenía que portarse muy bien porque era un día especial. Así que agarró la bolsa de la basura –con sus zapatillas adentro, claro– y, sin protestar, atravesó el pasillo y la dejó en la vereda, al lado del arbolito. Mientras hacía esfuerzos por dormirse, Julieta pensó que ella, a veces, no la entendía a su mamá. ¿No era, acaso, que los Reyes Magos, tan poderosos y tan ricos, se habían atravesado el mundo entero para ir a llevarle regalos a un pobrecito bebé que ni cuna tenía? ¿Y esos Reyes se iban a asustar de sus zapatillas gastadas? Pero bueno, mejor pensar en el perro, que a ella le encantaría blanco y medio petiso. Y Julieta se quedó dormida. 30
    50. Slide 53: A la mañana siguiente, Julieta se despertó tempranísimo. Allí, junto a sus zapatos brillantes, estaba el perro. –¿Viste, nena? –dijo la mamá–. ¡Un perro, como vos querías! Mirá: si le tirás de acá, mueve la cola y las orejas... ¿Estás contenta? No. Julieta no estaba contenta. El perrito que le habían traído los Reyes era más aburrido que la Pancha. Porque la Pancha, por lo menos, estaba viva, aunque a veces mucho no se le notara. Este perrito no le lamería la mano a Julieta, ni le robaría las galletitas, ni nada de nada.... ¿Es que los Reyes se habían equivocado? Pero cuando, al rato nomás, Julieta salió a comprar la leche, pensó que no, que los Reyes Magos nunca se equivocan: al lado del árbol, con una de sus zapatillas entre los dientes y la otra entre las patas, había un perrito blanco y medio petiso. El perrito la miró a Julieta y, sin soltar las zapatillas, le movió la cola. Entonces Julieta lo agarró en brazos y corrió a su casa gritando: –¡¡Mamaaaá!! ¡¡Mamaaaá!! ¡¡Los reyes me pusieron uno de verdad en las zapa!! 31
    51. Slide 54: La mamá salió al pasillo y lo único que dijo fue: –¡Ay, mi Dios querido! Pero se ve que no se animó a despreciar un regalo hecho por los mismísimos Reyes, porque después de un rato de mirarla a la hija y al perrito, agregó por lo bajo: –Entren nomás, que este perrito necesita un baño de padre y señor mío... 32
    52. Slide 55: libertad de elección En el artículo 29 de la Convención Internacional sobre los Derechos de la Infancia dice que la escuela tiene que servir para ayudarte a crecer en una sociedad libre, donde estés en condiciones de crear, soñar, inventar, descubrir, elegir... Solamente si tenés la oportunidad de ele